miércoles, 23 de mayo de 2012

El rio


El viento silbaba levemente sobre la copa de los arboles, y el sonido de las hojas ocultaba el poco ruido que producían sus pisadas al correr sobre las espinas del tupido bosque. Un hombre desesperado corre por su vida sin importar que se le cruce por el camino, pero él no estaba desesperado. Él no sentía desesperación, no sentía agitación, no sentía remordimientos, no sentía miedo, no sentía absolutamente nada. En el medio de la fuga, su único pensamiento estaba focalizado únicamente en el camino para conseguir la libertad y continuar viviendo. Así que cuido de no desviarse de la ruta aproximada, porque su única posibilidad era cruzar el puente de los enamorados y correr a la libertad.
En ese momento tuvo un instante para pensar en el nombre del puente. Le pareció estúpido el nombre y para nada adecuado. Por un momento la ira arraigo levemente en su mente ante lo absurdo de toda la situación. Pero sabía que si se distraía, podía ser mortal. La colina era pronunciada y las raíces y los huecos ocultos era traicioneros. Una sola caída podía significar una torcedura, un retraso. Podía significar la muerte. El puente, en su belleza e importancia solo le había causado problemas.
El puente al que se dirigía conectaba las orillas de un cañón poco profundo, por el que pasaba un rio torrentoso. Los diferentes pueblos de la zona usaban el puente como vía de comunicación porque los vados del sur eran peligrosos en el mejor de los casos. Su ciudad era la más norteña de todas, por ello la única forma de cruzar el cañón era el puente, ya que si su huida iba a ser una realidad, tenía que salir de la zona lo antes posible. Planifico su ruta por el hecho de que por más forajido que él fuese, el pueblo al que se dirigía era el que más problemas y viejos agravios tenia con el suyo propio, así que la justicia local no haría mucho por atraparlo y le daría el tiempo suficiente para escapar de la zona lo más lejos posible.
El camino que seguía el puente estaba vigilado por guardias de su pueblo, y en la orilla vecina también habían guardias. El tráfico era normal y la gente era revisada de un lado o del otro según la dirección en la que fuesen. Una de las pocas normas que habían tenido consenso en la región era que no podía pasar nadie por los puesto de control con armas. La medida había sido tomada por los reiterados asesinatos pasionales.
Sortear el primer control no era difícil, porque los guardias no lo iban a controlar, incluso dudaba de que lo fueran a mirar. Se unió al camino y empezó a caminar tratando de calmar su respiración. Pasó el control y empezó a cruzar. Una nube de polvo llegaba del oeste y se acercaba rápidamente. El magistrado había llegado, acompañado del pelotón de fusilamiento.
Había confiado que lo inesperado de su huida, la confusión y la torpeza del pelotón de fusilamiento para la persecución. Nunca imaginó que adivinasen su plan. Echo a correr, esta vez, con desesperación.
Solo llevaba la mitad del puente cuando el magistrado llego. Los guardias apuntaron sus fusiles y empesador a disparar apenas se dieron cuenta de la situación. Del otro lado los guardias miraban el espectáculo entre risas. La gente corría y se resguardaba detrás de carros y caballos, se tiraban al piso y gritaban con desesperación. Pero los soldados no pararon su cometido, tenían órdenes de disparar y si habían víctimas inocentes… no era su problema, sino del magistrado que gritaba y escupía ordenes a su lado.
Los disparos no lo alcanzaron, por obra del destino o gracia de dios las balas no lo alcanzaron. La esperanza renació dentro del como un fuego calienta la noche en el campo. Corrió con más energía, sabiendo que ya no había planes que lo salvaran, ni tretas ni engaños, solo correr hasta estar a salvo del otro lado. Estaba por llegar, pero su esperanza se esfumo tan de prisa como había llegado. Del otro lado del puente, los guardias lo esperaban cerrándole su escape. El magistrado había gritado la recompensa por su cabeza.
No pensó, no sintió. Sus instintos eran su conciencia y para sobrevivir solo le quedaba una opción. No freno la carrera, sino que aprovecho el envión. Salto al rio. El salto fue una sorpresa para todos. Los guardias del pueblo vecino reían a carcajadas, porque aunque hubiesen perdido una suma de dinero, tampoco les importaba mucho, los sobornos y extorciones los tenían en buena vida. El magistrado echaba espuma por la boca en ese momento y cuando reaccionó, sus soldados ya estaban disparando en la posible trayectoria del fugitivo.
La negrura del agua y el ruido ensordecedor del rápido lo dejaron semi inconsciente por un momento. El río lo arrastraba, no sabía ni donde estaba ni quién era. El golpe lo había confundido a un punto en que su mente dejo todo rastro de coherencia y racionalidad. Los recuerdos previos a su huida flotaban en su mente como el mismo en el río.
La bella esposa del magistrado cruzando el puente cuando sus miradas se encontraron por primera vez. Las noches en la campiña bajo las estrellas, amando y siendo amado. Las suaves piernas, los firmes glúteos, los níveo pechos, los besos como miel… Todo flotaba en su mente como él en el río. Hasta que llego el recuerdo más atroz de todos. El día en que habían sido descubiertos, el día que ella lo traicionó alegando que la habían violado, el día que se dio cuenta que jamás hubo amor. El odio lo despertó de su letargo, a tiempo para agarrar una rama y salir del torrentoso río con gran esfuerzo. Las balas seguían evitándolo, pero seguían cerca. Inconscientemente empezó a andar.
Pero en el momento en que su mente recuperaba todo lo perdido en el rio, se sumió en la oscuridad de nuevo, ya sin oponer resistencia alguna.

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