El viento silbaba levemente sobre la copa de los arboles, y
el sonido de las hojas ocultaba el poco ruido que producían sus pisadas al
correr sobre las espinas del tupido bosque. Un hombre desesperado corre por su
vida sin importar que se le cruce por el camino, pero él no estaba desesperado.
Él no sentía desesperación, no sentía agitación, no sentía remordimientos, no
sentía miedo, no sentía absolutamente nada. En el medio de la fuga, su único
pensamiento estaba focalizado únicamente en el camino para conseguir la
libertad y continuar viviendo. Así que cuido de no desviarse de la ruta
aproximada, porque su única posibilidad era cruzar el puente de los enamorados
y correr a la libertad.
En ese momento tuvo un instante para pensar en el nombre del
puente. Le pareció estúpido el nombre y para nada adecuado. Por un momento la
ira arraigo levemente en su mente ante lo absurdo de toda la situación. Pero sabía
que si se distraía, podía ser mortal. La colina era pronunciada y las raíces y
los huecos ocultos era traicioneros. Una sola caída podía significar una
torcedura, un retraso. Podía significar la muerte. El puente, en su belleza e
importancia solo le había causado problemas.
El puente al que se dirigía conectaba las orillas de un cañón
poco profundo, por el que pasaba un rio torrentoso. Los diferentes pueblos de
la zona usaban el puente como vía de comunicación porque los vados del sur eran
peligrosos en el mejor de los casos. Su ciudad era la más norteña de todas, por
ello la única forma de cruzar el cañón era el puente, ya que si su huida iba a
ser una realidad, tenía que salir de la zona lo antes posible. Planifico su
ruta por el hecho de que por más forajido que él fuese, el pueblo al que se dirigía
era el que más problemas y viejos agravios tenia con el suyo propio, así que la
justicia local no haría mucho por atraparlo y le daría el tiempo suficiente
para escapar de la zona lo más lejos posible.
El camino que seguía el puente estaba vigilado por guardias
de su pueblo, y en la orilla vecina también habían guardias. El tráfico era
normal y la gente era revisada de un lado o del otro según la dirección en la
que fuesen. Una de las pocas normas que habían tenido consenso en la región era
que no podía pasar nadie por los puesto de control con armas. La medida había
sido tomada por los reiterados asesinatos pasionales.
Sortear el primer control no era difícil, porque los
guardias no lo iban a controlar, incluso dudaba de que lo fueran a mirar. Se
unió al camino y empezó a caminar tratando de calmar su respiración. Pasó el
control y empezó a cruzar. Una nube de polvo llegaba del oeste y se acercaba rápidamente.
El magistrado había llegado, acompañado del pelotón de fusilamiento.
Había confiado que lo inesperado de su huida, la confusión y
la torpeza del pelotón de fusilamiento para la persecución. Nunca imaginó que
adivinasen su plan. Echo a correr, esta vez, con desesperación.
Solo llevaba la mitad del puente cuando el magistrado llego.
Los guardias apuntaron sus fusiles y empesador a disparar apenas se dieron
cuenta de la situación. Del otro lado los guardias miraban el espectáculo entre
risas. La gente corría y se resguardaba detrás de carros y caballos, se tiraban
al piso y gritaban con desesperación. Pero los soldados no pararon su cometido,
tenían órdenes de disparar y si habían víctimas inocentes… no era su problema,
sino del magistrado que gritaba y escupía ordenes a su lado.
Los disparos no lo alcanzaron, por obra del destino o gracia
de dios las balas no lo alcanzaron. La esperanza renació dentro del como un
fuego calienta la noche en el campo. Corrió con más energía, sabiendo que ya no
había planes que lo salvaran, ni tretas ni engaños, solo correr hasta estar a
salvo del otro lado. Estaba por llegar, pero su esperanza se esfumo tan de
prisa como había llegado. Del otro lado del puente, los guardias lo esperaban
cerrándole su escape. El magistrado había gritado la recompensa por su cabeza.
No pensó, no sintió. Sus instintos eran su conciencia y para
sobrevivir solo le quedaba una opción. No freno la carrera, sino que aprovecho
el envión. Salto al rio. El salto fue una sorpresa para todos. Los guardias del
pueblo vecino reían a carcajadas, porque aunque hubiesen perdido una suma de
dinero, tampoco les importaba mucho, los sobornos y extorciones los tenían en
buena vida. El magistrado echaba espuma por la boca en ese momento y cuando
reaccionó, sus soldados ya estaban disparando en la posible trayectoria del fugitivo.
La negrura del agua y el ruido ensordecedor del rápido lo
dejaron semi inconsciente por un momento. El río lo arrastraba, no sabía ni
donde estaba ni quién era. El golpe lo había confundido a un punto en que su
mente dejo todo rastro de coherencia y racionalidad. Los recuerdos previos a su
huida flotaban en su mente como el mismo en el río.
La bella esposa del magistrado cruzando el puente cuando sus
miradas se encontraron por primera vez. Las noches en la campiña bajo las
estrellas, amando y siendo amado. Las suaves piernas, los firmes glúteos, los níveo
pechos, los besos como miel… Todo flotaba en su mente como él en el río. Hasta
que llego el recuerdo más atroz de todos. El día en que habían sido
descubiertos, el día que ella lo traicionó alegando que la habían violado, el día
que se dio cuenta que jamás hubo amor. El odio lo despertó de su letargo, a
tiempo para agarrar una rama y salir del torrentoso río con gran esfuerzo. Las
balas seguían evitándolo, pero seguían cerca. Inconscientemente empezó a andar.
Pero en el momento en que su mente recuperaba todo lo
perdido en el rio, se sumió en la oscuridad de nuevo, ya sin oponer resistencia
alguna.
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